El carnaval inconveniente

Antigua es la disputa entre don Carnal y doña Cuaresma, y como tal ha sido recreada por las artes a lo largo de la historia. La pintó Brueghel el viejo: don Carnal abultado, sanguíneo, montado en un tonel y amenazando con un espetón a doña Cuaresma, quien le responde con dos peces sobre una pala de panadero a modo de lanza, con la marca de la cruz en la frente de su rostro enjuto, cadavérico. La victoria, coincidiendo con el Miércoles de Ceniza, será de doña Cuaresma, al menos durante 40 días.

Sabiéndolo, la cristiandad aprovechaba para darse un último homenaje, el Carnaval, camino del confesionario, pues nada examina la conciencia como la resaca. Y como todo cambia y todo permanece, a día de hoy seguimos en las mismas, salvo por un matiz. No ha cambiado el vicio que se desata durante el Carnaval –al fin y al cabo…–, sino la mojigatería que intenta desbravarlo. Lo digo por una tendencia que ejemplificaré con un cartel que ha rulado por Twitter estos días: un grupo feminista daba unas indicaciones del tipo de disfraces que consideran adecuados. “Carnaval libre de agresiones racistas, sexistas, tránsfobas, capacistas, clasistas”. Se acerca su día grande, el 8 de marzo (dos días después del Miércoles de Ceniza), y quieren ir fomentado cierto espíritu de penitencia.

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Advierten, por ejemplo, que disfrazarse de chino sin serlo está mal porque es racista; no tan racista como disfrazarse de negro, pero muy racista en cualquier caso. Disfrazarse de ciego también está mal porque es capacista siempre y cuando usted vea: sólo un ciego se puede disfrazar de otro ciego sin caer en falta. Ahora bien, sólo de ciego, porque un ciego disfrazado de sordo sería también, creo, capacista.

Naturalmente, disfrazarse de mujer es machista. También lo es, aseguran a reglón seguido, hacerlo de “femme”. ¡Uy –pensé al leerlo–, qué afrancesamiento más gratuito!; pero no, se trata de una forma de referirse a las lesbianas de apariencia femenina (en oposición a “butch”, que serían las de apariencia más viril). El problema es discernir si un hombre está, en un momento dado, disfrazado de mujer a secas o de “femme”, cuya única diferencia es que las segundas apetecen de otras mujeres y las primeras no. Habrá que concluir, por tanto, que si un hombre heterosexual se disfraza de mujer, sería “femme”, mientras que sólo un varón homosexual, dadas sus preferencias, se podría disfrazar de mujer-mujer.

En cualquier caso, no es fácil, nunca lo ha sido: la moral, sobre todo cuando se intenta seguir, se llena de contradicciones, pajas en el ojo ajeno y callejones sin salida. Por eso, en el mismo panfleto, apelan a la conciencia: “si no estás segurx de tu disfraz y sientes un no-se(sic)-qué ¡Haz caso a tu intuición y no lo hagas!”. Eso es lo mejor: plantear una sospecha general sobre lo inconveniente de hacer lo que hacemos y de ser como somos. Ése es el espíritu cuaresmal que les conviene. Todo lo demás resultaría conflictivo.