Educar en la mirada

El ego es un obstáculo para la felicidad, pues ésta radica, en gran medida, en aceptar el mundo tal como es. El mayor ejercicio de humildad, irrealizable para el ególatra, es renegar de nuestras fantasías.

Hay algo que el hombre contemporáneo, tan pendiente de la productividad y de la eficiencia, ha perdido: el gozo de la contemplación, el placer de detenerse ante un árbol y mirarlo porque sí. Corre de un lado a otro cabizbajo, buscando infructuosamente en una pequeña pantalla (o en su propio ombligo) lo que sólo puede encontrar saliendo de sí, dirigiendo sus ojos, en fin, a algo mucho más grande que él mismo o que cualquier artilugio que pueda asir con sus propias manos.

PUBLICIDAD

Nuestra sociedad no contempla la realidad; la explota en su propio beneficio. Ni el bosque ni el mar son ya algo milagroso que fascina a quien los recorre, sino una fuente de ingresos; nuestro ensoberbecido instinto de negocio acalla lo creado, que, ajeno a nuestros desprecios, sigue ofreciéndonos el gozo que vanamente buscamos – y lo buscamos porque lo deseamos – tras la pantalla del iPad.

La forma en que nos relacionamos con el mundo sólo puede cambiar si antes educamos nuestra mirada; si donde hoy vemos meros instrumentos a los que utilizar en nuestro propio provecho, empezamos a ver dones que no merecemos, regalos que – pese a nuestra manifiesta imperfección – nos ofrece Alguien que nos quiere.

Recuperar la inocencia

Pero para contemplar la realidad de esa forma, antes hemos de librarnos de la onerosa carga de nuestro ‘yo’. Si deseamos gozar al máximo de lo creado, debemos reducir al mínimo nuestro ego. Sólo quien deja de mirarse por un tiempo el propio ombligo puede elevar la mirada al cielo y las estrellas; sólo quien deja de pensar un rato en sí mismo puede ser cautivado por lo que le rodea.

El ego es un obstáculo para la felicidad, pues ésta radica, en gran medida, en aceptar el mundo tal como es. El mayor ejercicio de humildad, irrealizable para el ególatra, es renegar de nuestras fantasías y reconocer que la realidad es más creativa y significante que cualquiera de ellas. Frente al ideólogo que quiere construir un mundo nuevo para afirmarse a sí mismo, reivindiquemos al hombre sencillo que abraza el mundo que ya existe: el primero jamás podrá disfrutar de una cerveza – no es creación suya –; el segundo disfrutará hasta de una babosa.

Lo expresa vigorosamente Fabrice Hadjadj, el Chesterton contemporáneo, en su divertido ensayo 99 lecciones para ser un payaso: ‘No te tomes a ti mismo por Dios, sino mejor por un papel de calco, por un enamorado transparente. La única potencia requerida es la del consentimiento. Sólo tienes que decir sí. Sólo tienes que repetir amén’.

Pero el orgulloso es incapaz de decir ‘sí’ a algo que no proviene de él mismo, por lo que nunca abrirá el regalo que le ofrecen. Éste siempre le parecerá indigno de su majestad, injusto con su inefable grandeza. ‘¿Qué son el vecino de enfrente y el Everest en comparación conmigo?’, pensará, mientras busca algo de consuelo en su alma aislada, la única que lo comprende.

En cambio, el humilde, que ha reducido su ‘yo’ a cero, se reconoce indigno de las flores, los árboles y los pájaros. Los acoge como dones que no merece, como concesiones graciosas de algo o Alguien que lo quiere bien: ‘El único modo de disfrutar de una mala hierba es sentirse indigno hasta de una mala hierba’, nos enseña Chesterton. Quien se sabe pequeño recupera la inocencia del niño: todo lo contempla con asombro porque todo tiene algo de milagroso, incluso un polígono industrial.

Gratitud… ¿Hacia quién?

De esta contemplación maravillada de la realidad, posible sólo en quien ha empequeñecido su ego, brota siempre una emoción de gratitud. El indigno, aquél que descubre que nada ha merecido y que todo se le ha concedido, alza la vista al cielo y canta a Dios – o a quien él atribuya el milagro de la existencia – alabanzas emocionadas. Goza de lo que existe y, por eso, agradece.

Recurramos de nuevo a Chesterton: ‘Te doy gracias, Señor, por las piedras de la calle, / te doy gracias por los carros de heno allá lejos / y por las casas construidas y en construcción / que me pasan volando cuando camino a zancadas. / Pero, sobre todo, por el vendaval que siento en la nariz como si tu propia nariz estuviera cerca’.

La creación, mirada (o, mejor, admirada) con los ojos adecuados, nos encamina al Creador. Por eso nuestra época está tan desencaminada.