Don Francisco, el gerente de Iglesia, S.A.

La historia de la Iglesia Católica en el siglo XX es la historia de una multinacional exitosa. Acorde a las coyunturas del mercado, un breve repaso a su devenir durante la Edad Contemporánea demuestra cómo se adaptó a las necesidades de sus seguidores. En cada coyuntura histórica, el Papa (Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Siervo de los Siervos de Dios y Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano) fue quien el marketing exigía. Así como Vincenzo Pecci (1810-1903, León XIII) fue el pontífice preocupado por las cuestiones sociales que el incipiente nacimiento del socialismo obrero precisaba y el astuto diplomático Eugenio Pacelli (1876-1958, Pío XII) fue el elegido para navegar las procelosas aguas del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, el bondadoso y comprensivo Angelo Roncalli (1881-1963, Juan XXIII) encabezó la apertura iniciada con el Concilio Vaticano II y Karol Wojtyla (1920-2005, Juan Pablo II) fue la cara de la restauración conservadora y la caída del comunismo soviético.

Sin embargo, ninguna empresa es infalible, aunque tenga más de dos mil años de antigüedad. Algunos CEOs de la firma romana no estuvieron, parece, a la altura del desafío. Como muestra, bastan los casos de Albino Luciani (Juan Pablo I), fallecido en circunstancias no del todo aclaradas (según el periodista inglés David Yallop, fue asesinado) y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), cuya imagen -y actitudes- de irreductible teólogo conservador contribuyeron a alejar a parte de la feligresía. Y entonces, en plena pérdida de credibilidad de la Iglesia de Roma a manos de otras -muchas- opciones religiosas (verbigracia, los evangélicos), llegó Francisco.

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Nacido Jorge Mario Bergoglio en la ciudad de Buenos Aires, el sacerdote jesuita que fue arzobispo de la capital argentina es el mascarón de proa del progresismo universal. Ensalzado por la izquierda y visto con recelo por los sectores conservadores de su propia institución, la elección de Bergoglio al papado significó una formidable operación de marketing. Como no podía ser de otra manera, el protagonismo de esta maniobra publicitaria de dimensiones urbi et orbi no podía recaer en un agustino, un benedictino, un dominico o un franciscano: tenía que ser un jesuita. Fundada por San Ignacio de Loyola (1491-1556) en 1534, la Compañía de Jesús es la mayor orden religiosa católica por número de integrantes (más de dieciséis mil) y profesa un “vínculo especial de amor y servicio” al pontífice. En palabras de muchos eruditos, es una auténtica CIA dentro de la Iglesia de Roma y su líder, el Prepósito General de la Compañía (actualmente, el venezolano Arturo Sosa Abascal), recibe el apodo de El Papa Negro y tiene especial relevancia dentro del complejo mundo católico. A su formación como jesuita, Bergoglio suma sus sinuosos acercamientos a la fracción peronista conocida como Guardia de Hierro. Peronismo e Iglesia Católica: salvando las abismales distancias, dos instituciones que abarcan todo el espectro ideológico -de derecha a izquierda- y tienen el pragmatismo y la búsqueda del poder como principales signos de identidad.

La presunta entrevista que La Sexta anunció con bombos y platillos para el domingo pasado y que Jordi Évole le realizó a Francisco con mucha amabilidad y escaso rigor fue un claro ejemplo de la cuestión: una sucesión de asistencias de Évole para que Bergoglio cabeceara al gol; juntos formaron una dupla tan efectiva como la que armaron René Pontoni y Rinaldo Martino, ídolos del pontífice en el San Lorenzo campeón de 1946. Évole preguntaba tímidamente y Bergoglio -como su título indica- pontificaba: en contra del capitalismo “salvaje”, en detrimento de “los nacionalismos” y en rechazo de “las fronteras” que anulan “los puentes” entre “los hombres”. En un panorama mundial donde Cuba, China, Rusia o Venezuela perdieron hace tiempo su papel de faros del “socialismo del siglo XXI”, Bergoglio emerge como un estandarte: un “hombre sabio” a quien conviene escuchar y a quien se visita en Roma en franca peregrinación. Se sorprenderían algunos sofistas de la izquierda española si supieran que, durante su mandato al frente de la Conferencia Episcopal Argentina, Bergoglio nada hizo por expulsar, degradar, o reducir al estado laical a dos sacerdotes condenados por delitos infames: Julio César Grassi, a quince años de prisión por abuso sexual agravado por resultar sacerdote, encargado de la educación y de la guarda del menor víctima, reiterado, dos hechos, en concurso real entre sí, que a su vez concurren formalmente con corrupción de menores agravada” y Christian Federico Von Wernich, cómplice de los mayores asesinos de la última dictadura argentina (1976-1983), condenado a prisión perpetua “por treinta y cuatro casos de secuestro, treinta y un hechos de tortura y siete homicidios calificados”.

Con Francisco hemos dado, Sancho.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.