Domingo de resaca

Uno dice: “Cristo ha resucitado”. El otro contesta: “verdaderamente ha resucitado”. Y más nos vale, porque, como escribió san Pablo, si lo de la Resurrección no fuera más que una patraña, habremos hecho un ridículo milenario, un ridículo espantoso, como suele decirse.

Basta con pensar en la Semana Santa que hoy termina: si resultase que Cristo, después de todo, no hubiera regresado de la muerte, ya me dirás la tontada que hacemos con nuestros capirotes, nuestros cirios y el tatatachán de nuestro enjambre de cornetas. Sería de diván freudiano los sofocones con aquí se piropea a la Virgen y el trajín de su palio. En definitiva, si Cristo no hubiera resucitado, sería absurdo sacarlo clavado en una cruz.

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Pero es precisamente eso lo que tantas veces se le achaca a nuestra Semana Santa: que no le da la importancia debida. Dicen, y no les falta razón, que el Domingo de Resurrección es a la Semana Santa lo que el Lunes de Resaca es a la Feria. Empezamos siete día antes, con fuerza: que si la entrada en Jerusalén montado en una burra, que si la Última Cena, que si Judas y su beso traidor, que si flagelaciones, que si subida al Calvario, que si crucifixiones y agonías… y luego, cuando llega el Domingo de Resurrección, apenas celebramos el acto más grande, e imprescindible, de la Cristiandad.

Ahora bien, que esto sea así, no implica, como algunos suponen, que la Semana Santa sea una celebración puramente cultural. Vale, se admite que no está teológicamente compensada, pero en ningún caso que sea independiente a la fe. Si mañana alguien, por no sé qué medios, demostrara que Cristo no resucitó y que toda la Iglesia Católica no es más que un pomposo chiringuito, nadie sacaría al Gran Poder, ni se agolparía la muchedumbre, ni las señoras, siempre tan sentidas, se podrían a llorar y a golpearse el pecho a su paso. La cultura de esta fiesta se fundamenta en el convencimiento de que esa talla representa al Dios verdadero, si no, de qué.

Por eso adoro los pequeños detalles que, entre tanto pan de oro y tanto manto bordado, apuntan a una fe que todo lo sustenta. Así pasa con la lluvia. Como en la Semana Santa llueve (te pongas como te pongas), siempre hay alguna hermandad que se queda sin salir y se adormece en su templo con todas las velitas encendidas. Es un drama. Llevan un año preparando, han venido de todas partes de España para verla y, llegado el momento, unas nubes, que quizás no vuelvan en toda la primavera, lo echan a perder. Pues bien, si fuera meramente cultural, se sacaría al día siguiente y fin; pero eso sería si el hombre fuera más grande que lo que lleva sobre los hombros, y no al revés. Por eso, si llueve, que siempre lo hace, toca levantarse el antifaz, enjugarse las lágrimas y esperar al año que viene. Esa resignación, a mi parecer, redime tanto jaleo.