Distributismo y utopía

Es bastante habitual encontrarse con admiradores de Chesterton que desprecian su pensamiento económico por ‘inaplicable’, ‘utópico’ o ‘romántico’; pero no por ello nos resulta menos desconcertante. Y es que no se puede ridiculizar el distributismo sin ridiculizar la cosmovisión de Chesterton en su conjunto; pues aquél es, en definitiva, la lógica consecuencia de ésta, la cúpula que corona un templo construido con mimo. Porque Chesterton amó a Dios, amó también al hombre, la más excelsa de sus criaturas. Porque amó al hombre, deseó lo mejor para él. Y porque deseó lo mejor para él, pensó un modelo económico que se adecuase a su naturaleza.

En realidad, los seguidores de Chesterton que obvian el distributismo padecen el mismo mal que los católicos que reniegan de la Doctrina Social de la Iglesia: el de la incoherencia. No comprenden que Chesterton lleve sus ideas hasta las últimas consecuencias porque se han acostumbrado a hacer equilibrismos, profesando al mismo tiempo credos tan incompatibles como el agua y el aceite.

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La verdadera alternativa

La premisa sobre la que se asienta el distributismo es cien veces más sólida que cualquier construcción ideológica moderna. Si el hombre necesita de la propiedad para desarrollarse plenamente, como les espetan vehementemente los liberales a los comunistas, debemos extenderla lo máximo posible; si el ser humano sólo puede involucrarse plenamente en algo que posee, debemos permitirle que posea algo. El modelo no es el centro; el centro es el hombre.

Partiendo de esta premisa, Chesterton y su buen amigo Belloc se afanaron en definir algo completamente distinto al capitalismo y al socialismo. Frente al primero, que exalta el crecimiento ilimitado y concentra los medios de producción en manos de una afortunada oligarquía, reivindicaron la belleza de la pequeña propiedad y la humanidad de lo limitado. Para combatir al segundo, que acumula los medios de producción en una sola entidad – el Estado – e imputa a la institución de la propiedad cuantos males existen en este mundo, recordaron la propiamente humana necesidad de poseer (en tanto que poseer es, paradójicamente, condición indispensable para dar).

El razonamiento es el siguiente: la respuesta al capitalismo, que conlleva ineluctablemente la creación de una sociedad de asalariados en que la propiedad se halla en manos de unos pocos, no puede ser concentrar la propiedad en manos de uno, como propone el socialismo. Al contrario, la única reacción legítima, en tanto que es la única que tiene en consideración la naturaleza del hombre, es distribuir la propiedad.

En realidad, nos sugiere Chesterton en Lo que está mal en el mundo, distribuir la propiedad parece el único modo de instaurarla verdaderamente: ‘Es una negación de la propiedad el hecho de que el duque de Sutherland tenga que poseer las granjas de todo un condado; igual que sería la negación del matrimonio que tuviera a todas nuestras esposas en un solo harén’.

Sobre las utopías

Muchos aseguran, en cualquier caso, que el distributismo es inaplicable. La más elocuente prueba de la falsedad de esta objeción es que Chesterton y Belloc tomaron como referencia para su teoría períodos históricos concretos, y no entelequias como el contrato social. Hubo un tiempo, antes de la Revolución Industrial y desde los siglos centrales del medievo, en que la propiedad de los medios de producción se hallaba bastante repartida y en que la economía estaba vinculada al hogar.

El distributismo, así, sólo puede resultar utópico a quienes le niegan el hombre la capacidad de enmendar un error; a quienes han asumido en lo más profundo de su ser, aunque generalmente no acierten a decirlo, que el ‘progreso’ es una dinámica inalterable, una suerte de maquinaria que, una vez activada, escapa del control de quien la activa. En The outline of sanity, Chesterton se refiere a esto: ‘Por el amor de Dios, no les digáis que no hay forma de escapar de la trampa a la que vuestra locura les ha conducido; que no hay camino excepto el camino por el que los habéis llevado a la ruina; que no hay progreso excepto el progreso que ha terminado aquí’.

Imaginemos que cientos hombres son conducidos al borde de un precipicio por tres o cuatro líderes muy poderosos. Cuando se percatan del peligro que corren, los primeros conminan a los segundos a ayudarlos a desandar el camino. Pero los segundos, encogiéndose de hombros, les replican que no hay posibilidad de volver sobre sus pasos (¡ni de detenerse!) y que, por tanto, la única opción es continuar andando hasta caer al vacío.

¿A quién no le indignaría la actitud de los líderes? Pues es la misma, en esencia, que la de aquéllos aseguran que el distributismo es utópico. Presentan la distribución de la propiedad como un anhelo irrealizable, cuando es simplemente un anhelo difícil de consumar. Tan difícil como regresar al punto de partida tras horas de travesía por un frondoso bosque. O como imponer el capitalismo en una sociedad de pequeños propietarios.