Desestructuración familiar, natalidad y bienestar infantil

¿Y cómo están las cosas en España y Europa a este respecto? En cifras redondas, la mitad de la gente ya no se casa nunca en su vida, hay un divorcio por cada dos bodas, y un bebé de cada dos es hijo de una madre no casada.

En España empieza a haber una preocupación creciente por nuestra baja natalidad. También la hay, y antes que aquí, en muchos otros países europeos. La respuesta típica de los gobiernos para estimular que haya más nacimientos es ofrecer a los padres dinero y prestaciones equivalentes, como generosas bajas laborales remuneradas por maternidad / paternidad. La hipótesis subyacente es que se tienen pocos hijos, principalmente, por el dinero que cuesta criarlos. Es algo que parece lógico, pero que refutan los datos reales, como se comprueba fácilmente, por ejemplo, comparando la fecundidad y la renta per cápita de hace 50, 100, 150 años, con las actuales. También refutan esta hipótesis los resultados de esas políticas natalistas basadas en apoyos económicos y cosas equivalentes, porque ningún país europeo tiene actualmente una fecundidad suficiente, y en los pocos que hace unos años se acercaban -por abajo- al nivel de reemplazo (2,1 hijos por mujer), se aprecia una clara tendencia a la baja en los últimos tiempos, como comentábamos en nuestro anterior artículo en eldebate.es, “Annus horribilis demográfico, global e inadvertido”.

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En cambio, nada parece importar a los gobiernos, las élites intelectuales y los creadores de opinión pública si en sus países o regiones se casa casi todo el mundo y pocos se divorcian, o si ocurre lo contrario. Sin embargo, éste es uno de los factores que más influyen en que en una sociedad se tengan más o menos hijos, además del valor que la armonía y estabilidad en la estructura del hogar tiene para el bienestar afectivo de los peques. Y en no pocos casos, también del material, ya que, ceteris paribus, el divorcio empobrece económicamente, al hacer que aumente el gasto total necesario para vivir de los dos progenitores y sus hijos, por dejar de compartir todos ellos los gastos en un único hogar. Asimismo, con los divorcios aumentaría el riesgo de un peor rendimiento escolar de los hijos, como secuela del impacto emocional sobre ellos de las tensiones entre sus separados padres, y por el menor acceso físico a uno de sus progenitores -generalmente, el masculino-, con la consiguiente pérdida de buena parte de lo que los padres pueden aportar a sus hijos para su formación, tanto académica como en otros ámbitos. Sí, una de las mayores y más frecuentes desgracias que sufren los niños de nuestro tiempo es la separación de sus padres, un trauma de tal calibre y tan generalizado que, por sí solo, sería suficiente para que una sociedad que realmente se preocupase “de los más débiles” -por los que tanto dicen preocuparse nuestros políticos, otros personajes destacados en la vida social y multitud de ONGs-, tuviera como uno de sus principales empeños lograr que fueran bajas las tasas de ruptura de familias con hijos menores de edad, especialmente si aún no son ni siquiera adolescentes. Ah, perdón, olvidaba por un momento que los peques no votan. ¿Será por eso que este drama no figura en la generalidad de los programas electorales o de gobierno, o hay más razones que lo expliquen? ¿Recuerda el lector algún debate de investidura o del Estado de la nación en el que se haya abordado el drama de los pequeños que sufren la separación de sus padres, y se hayan propuesto medidas para tratar de que muchos menos niños españoles pasen por este amargo trance?

Hay tres tipos de hogares con hijos, según los adultos al frente: con una pareja casada, con una pareja de hecho -que es como la casada, pero sin el mayor grado de compromiso que implica casarse-, y los monoparentales. Pues bien, en todos los países europeos, en los hogares cuyos adultos son una pareja casada viven más hijos que en los de los otros dos tipos, en media. Y en Estados Unidos, único país del que dispongo de esta estadística exacta, que se puede ver en los informes sobre nacimientos de una agencia del gobierno federal (el CDC), las mujeres casadas tienen en media el doble de fecundidad que las no casadas. ¡El doble! Es lógico. Una parte de las parejas que se rompen, se dicen “adiós” antes de haber alumbrado todos los hijos que, de haber permanecido unidas más años, habrían concebido. Y el matrimonio, de entrada, supone un mayor compromiso mutuo que la simple cohabitación, y es más difícil y costoso de romper que la pareja de hecho. Más aún, en el caso de los matrimonios celebrados por la Iglesia -tipo de boda cada vez más minoritario en España-, en el creyente existe la dificultad adicional para romper el vínculo conyugal de pensar que, de divorciarse estaría cometiendo un grave pecado, salvo que, con razón o auto-engañándose, llegue a la conclusión de que su matrimonio realmente deba considerarse canónicamente nulo.

Aunque el divorcio sea ahora más fácil que en ninguna otra época, sigue requiriendo cierto tiempo, costes y trámites / pasos antes de consumarse, lo que dificulta algo la consumación de las separaciones, y da más tiempo para que algunas parejas desavenidas pueden repensarse la proyectada ruptura, y se reconcilien. Finalmente, en cuanto a los hogares monoparentales “por decisión propia” (en inglés, “single parents by choice”), que en realidad son una parte muy minoritaria de los monoparentales, ya que la inmensa mayoría se deben a la muerte prematura de uno de los cónyuges (alrededor del 40% de los casos en España) o miembros de una pareja de hecho (un porcentaje de casos de los que no hay estadísticas oficiales), o a rupturas de pareja, es lógico que tengan pocos hijos (en general, uno solo). Si criar niños en pareja ya cuesta lo suyo, en tiempo, dedicación y dinero, hacerlo en solitario supone un esfuerzo mucho mayor en todos los órdenes.

Finalmente, lo abundantes que son en nuestro tiempo los divorcios -ya sea de matrimonios legalmente formalizados, o de parejas de hecho-, y lo duro y costoso que es cuando se tienen niños, muy posiblemente, es un elemento disuasorio para no pocos, bien para casarse, bien para tener niños, bien para ambas cosas. Muchos jóvenes de hoy día -en especial, los que conozcan casos traumáticos de divorcios entre sus círculos próximos, como por ejemplo el de sus propios padres- pensarán algo así como: “en los tiempos que corren, no es improbable que, de casarme, me acabe separando. Y eso es una faena, y más, si hay niños de por medio. Casi mejor no me caso, y me quedo más tranquilo. Y si me caso, mejor no tener niños, no sea que me acabe divorciando”.

¿Y cómo están las cosas en España y Europa a este respecto? En cifras redondas, la mitad de la gente ya no se casa nunca en su vida, hay un divorcio por cada dos bodas, y un bebé de cada dos es hijo de una madre no casada. Y la tasa de fecundidad es, en todos los países europeos, algo o muy inferior a la de reemplazo. Hacia 1960, cuando yo nací, en toda Europa, el porcentaje de hijos de madres no casadas era entre bajo e ínfimo, se casaba más del 90% de la gente, y las tasas de divorcio por 1.000 matrimonios, en los países donde ya era legal separarse, eran muy inferiores a las actuales. Y la fecundidad era sensiblemente mayor que la actual, y superior a la de reemplazo. De todo esto damos datos abundantes en nuestro libro “Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo”, disponible en Amazon, en el cual figuran sobre este tema párrafos como el siguiente:

“En un sentido amplio y figurado, pero también literal en lo material, tener hijos se parece a una gran inversión económica, aunque no se persiga con ella beneficio económico y material, sino una rentabilidad inmaterial consistente en dar y recibir cariño, proyección personal más allá de la propia vida, continuidad genética, y para algunos (ahora) y muchos (antes), cumplimiento de un deber espiritual / moral. Y en lo que respecta al dinero que cuestan los hijos, y a la libertad para hacer otras cosas que te limitan por las necesidades de su crianza, en la práctica, la paternidad / maternidad es la inversión más importante y costosa que hacen la gran mayoría de los  padres en su vida. ¿Y qué precisan los inversores para lanzarse a invertir, y para invertir más dinero, en vez de menos? Algo muy simple: buenas expectativas de rendimiento para su inversión, con el menor riesgo posible, algo que precisa de un marco de estabilidad y seguridad material, para que pueda fructificar su inversión. Y ese marco / horizonte de mayor estabilidad y seguridad, cuando uno invierte una gran parte de su vida y caudales en tener hijos, incluso en tiempos en que el divorcio es fácil, lo proporciona con mayor fuerza el matrimonio que la pareja de hecho, que en general implica un grado menor de compromiso mutuo y una mayor facilidad de ruptura del vínculo entre los padres. Y no digamos que la monoparentalidad, que además es una de las mayores causas de riesgo de pobreza, siquiera relativa, en el mundo moderno.”

En definitiva, a efectos de natalidad, y de bienestar anímico-afectivo en la infancia -y en no pocos casos, también de bienestar material y rendimiento escolar-, así como del de quienes son padres, la desestructuración familiar (muchos menos matrimonios legales, y muchas más rupturas conyugales y de pareja, que lo común hasta hace varias décadas), es algo muy negativo. ¿Cómo lograr que aumente el grado de estructuración familiar en sociedades libres como las europeas y occidentales en el siglo XXI? No es posible ni deseable, desde luego, intentarlo con medidas coercitivas. Los cambios que lo posibiliten deberían ser principalmente culturales,  necesariamente voluntarios, e impulsados, en gran medida, desde la sociedad civil. Pero los Estados también pueden y deben contribuir mucho a que se produzcan, porque incluso en sociedades democrático-liberales, tienen margen de maniobra para incentivar legalmente el matrimonio y desincentivar el divorcio, lo mismo que, de hecho, en no pocos aspectos, han hecho lo contrario en las últimas décadas. Pero si en la agenda política y social-mediática no figura este asunto en el lugar prominente que merece para que se pueda recuperar una natalidad suficiente -sin la cual no habrá continuidad social, sino decadencia y empobrecimiento-, además de por su impacto en la calidad de vida afectiva y material de nuestros niños, difícilmente mejorarán lo necesario las tasas de natalidad en España y Europa, por más que se lancen desde las instituciones públicas voluntariosos planes pro-natalidad.

NB Tras aparecer el artículo Annus horribilis demográfico, global e inadvertido, el INEGI (el instituto de Estadística y Geografía de México) hizo públicos datos actualizados de nacimientos en 2017, los cuales implican una caída en el total de bebés mexicanos el año pasado algo más suave de la que figuraba en el artículo (casi el 3%, en lugar del 5% que consignamos partiendo de estimaciones previas). Pero el mensaje de fondo sigue siendo el mismo: apreciable caída de nacimientos y fecundidad en México en 2017, en línea con la tendencia allí en las últimas cuatro décadas. Por otra parte, no dimos información de nacimientos y fecundidad en 2017 de países iberoamericanos como Brasil, Argentina, Perú, Venezuela o Chile -o en otros ámbitos, del gigante indio, cuya fecundidad ya estaría solo en el nivel de reemplazo, o tal vez un poco menos-, porque aún no la han publicado sus institutos oficiales de estadística.