Defender la vida

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Hasta la victoria del paradigma cristiano, el intelectualismo moral socrático constituía la principal explicación del bien y del mal actuar de los hombres: la única razón por la que los seres humanos obraban erróneamente, o en desacuerdo con la moral, era la ignorancia.

Tanto insistió Platón en ello, que su tozudez parece haber alcanzado nuestro tiempo.

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Hoy, es moneda común considerar que los numerosos y monstruosos errores extendidos por el cuerpo social son causados porque sus componentes ignoran, por lo menos, algunos aspectos de aquello en lo que creen; si tuvieran más formación, o información, no los cometerían.

La verdad es que las opciones por las que nos decantamos los seres humanos pocas veces tienen que ver con una elección racional. Las creencias se instalan en nosotros de modo imperceptible, por presión social. Son el terreno en el que acontece nuestra vida, y nos las provee nuestro entorno. Casi se diría que no las hemos elegido, sino que nos han elegido ellas a nosotros.

Con frecuencia, las creencias se confunden con las ideas. Y por eso imaginamos que se pueden modificar, cuando resulta mucho más difícil de lo que suponemos. Nuestra necesidad de supervivencia social nos empuja a rechazar todo cambio que nos enfrente con la comunidad, porque las personas esencialmente huimos de nuestros tres grandes miedos: la muerte, el ridículo y la exclusión.

Por eso, quienes defienden cosas como el derecho al aborto (en una monstruosa inversión del verdadero derecho, que es el de la vida) difícilmente van a cambiar su perspectiva mediante el razonamiento: lo que no ha entrado por la razón, no saldrá por ella.

No es que ignoren que el aborto sea la eliminación de un ser humano, sino que están dispuestos a eliminarlo en el nombre de una determinada creencia, como puede ser el empoderamiento femenino; del mismo modo que Stalin no ignoraba que los campesinos ucranianos eran seres humanos, pese a lo cual estaba perfectamente dispuesto a que pagaran el precio de su aniquilación para conseguir un determinado objetivo ideológico, en este caso, la colectivización de las explotaciones agrarias.

Solo se vencerá en esta dura batalla cuando se invierta la corriente social, mediante la previa victoria cultural – esto es esencial – , que forma las creencias en las que se mueven los seres humanos.

por Fernando Paz.

Fernando Paz Cristóbal, nació en Madrid, en cuya universidad complutense estudió historia, a lo que se ha dedicado profesional y vocacionalmente durante estos años. Además de profesor, ha publicado cinco libros de su mano y ha participado en otras dos obras colectivas.Colaborador en varias publicaciones digitales, interviene con regularidad en los medios del grupo Intereconomía, en cuya televisión dirige y presenta diariamente un espacio dedicado al mundo de la historia y la cultura, “Tiempos Modernos”.