Consumir la Navidad

Algunas fotos mas de la calle Goya.

No podemos acusar a Carmena y a Colau de haber destruido la Navidad, como sí hacen, con impostada solemnidad, los representantes mediáticos del negociado de derechas.

Desde su mismo advenimiento, los autoproclamados ‘Ayuntamientos del cambio’ han mostrado una enfermiza aversión a la religión católica; así, se han afanado en eliminar del espacio público todo vestigio de ella y en escarnecer a sus fieles con innúmeras afrentas. Detenerse a explicar los motivos de esta aversión se nos antoja inútil, pues, igual que nuestros miedos más íntimos, se funda sobre un sustrato irracional. Pero sí vale la pena juzgar los efectos de dicha aversión en su justa medida, renunciando a los análisis hiperbólicos y aspaventeros que tanto entusiasman a la derecha social.

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No podemos acusar a Carmena y a Colau de haber destruido la Navidad, como sí hacen, con impostada solemnidad, los representantes mediáticos del negociado de derechas. En realidad, al organizar cabalgatas de reinas magas, decorar sórdidamente las calles o eludir las menciones a Cristo en sus alocuciones, la izquierda posmoderna no hace sino hurgar en una herida ya abierta; se ensaña con un cuerpo agonizante, casi exánime.

Mercantilizando lo sagrado

Mis lectores más sagaces se habrán percatado ya de que no ha sido la izquierda posmoderna la que ha desnaturalizado la Navidad, sino el capitalismo y las grandes multinacionales. Ya lo decía Chesterton hace una centuria, cuando la realidad era menos evidente: ‘Lo peor en el caso de la Navidad es que el Gran Negocio, que representa todo lo que es arrogante y despiadado y feo, se ha esforzado por explotar la Navidad, que representa todo lo que es humilde y compasivo y bello’.

En este sentido, la Navidad ya no es una fiesta en la que se recuerda un acontecimiento (o el acontecimiento por antonomasia), sino una mercancía. Las grandes compañías la han convertido en una orgía consumista para, de ese modo, incrementar su propio beneficio; aprovechándose de nuestra proclividad a regalar – esto es, a dar sin esperar nada a cambio, a entregarnos –, han creado la Navidad que les conviene, corrompiendo la verdadera hasta el extremo: la estridente arrogancia de los carteles publicitarios ha sustituido a la sobria humildad de los belenes, los centros comerciales han reemplazado al hogar y un anciano seboso engalanado con indumentaria cocacolera ha usurpado el trono de Cristo.

En cierto modo, en eso estriba la esencia del capitalismo. En ponerle un precio a todo, ya sea el vientre y la vagina de una mujer, la dignidad humana o, como en este caso, una celebración religiosa preservada durante siglos. Y poniéndole un precio a todo desnaturaliza muchas cosas. Tasar el amor supone, de facto, acabar con el amor, que es por naturaleza desinteresado. Tasar lo sagrado, que, como nos enseña Scruton, es aquello que está en el borde de nuestro mundo, implica mundanizarlo, emponzoñarlo.

El verdadero regalo

Hasta tal punto ha desnaturalizado el capitalismo la Navidad, que ya sólo un puñado de afortunados conoce su significado verdadero. Papá Noel, los ornamentos fastuosos y las compras desaforadas han terminado por ocultar el objeto de la celebración navideña, que es la irrupción salvífica del Eterno en nuestro tiempo. Ése es el regalo primigenio; el motivo por el que se reunían en torno a una mesa nuestros ancestros; la razón última, en fin, de los regalos que los padres dan a los hijos y que éstos reciben alborozados.

En cierto modo, la Navidad de hoy es un retrato fidedigno de la sociedad. Ambas son cáscaras vacías, desprovistas de identidad y sentido; cáscaras que el Poder, emulando al hombre que vierte sobre sí medio litro de perfume para disimular su hedor, envuelve con ornamentos fastuosos (luces de Navidad en un caso, términos grandilocuentes como ‘democracia’ o ‘libertad’ en el otro).

Paradójicamente, incluso en esta Navidad nihilista emerge todo lo humano que aún sobrevive a las feroces acometidas del capitalismo y de su lógica del beneficio: la necesidad de celebrar, aunque sea sin motivo aparente; la inocencia ilusionada del niño; el deseo de regalar y de recibir regalos; o el placer de conversar, lo que, en esta época ultratecnológica, no es precisamente desdeñable. Estas expresiones de lo humano nos brindan, igual que la Encarnación, una esperanza a la que difícilmente se puede poner precio.