Cero en feminismo

Lo del ocho de marzo  no es una huelga, es un paro patronal. Me explico: cuando las autoridades de la nación, encabezadas por el Gobierno, organizan una “huelga”, eso no es una huelga. Si los poderes del Estado favorecen un movimiento, lo organizan, lo publicitan y lo financian, no se puede hablar de huelga, acción que siempre tiene un matiz de rebeldía, protesta y enfrentamiento. El ocho de marzo es una muy domesticada concentración progubernamental, una manifestación de fuerza del poder instituido, como, por ejemplo, aquellas manifestaciones que le organizaban a Franco en la Plaza de Oriente, a las que nadie tenía la ocurrencia de llamar huelgas.  Y no lo olvidemos: esta “protesta” feminista es una demostración de poder, una revuelta de las privilegiadas y no una reivindicación de los desposeídos. Las feministas ya disponen de los fondos públicos, adoctrinan en su delirio ideológico a la juventud, con centenares de millones de euros puestos a su disposición por ministerios, autonomías y municipios, además de ejercer una vigilancia sobre las conductas privadas, la integridad de las familias, la independencia de la justicia y la libertad de expresión que son más propias de las patrullas de la sharia de Arabia Saudí que de un país civilizado de Occidente. En fin, que las feministas protestan porque no tienen un poder aún más absoluto ni pueden ejercer sin obstáculos su cicatera, neurótica y estúpida tiranía.

Por supuesto, la mayor parte de las mujeres que de verdad trabajan no se van a presentar en semejante aquelarre, pero eso tiene  muy poca importancia porque ya se encargan las feministas de decirnos quien es y quien no es mujer. Desde luego, ni Marguerite Yourcenar, ni Agatha Christie, ni Brigitte Bardot, ni Marine Le Pen o nuestra Rocío Monasterio son mujeres. Sólo es mujer aquella que milita en la izquierda extrema y comulga con todas las ruedas de molino de la tosca y repetitiva propaganda hembrista. No hay diversas formas de ser mujer para el feminismo totalitario, sólo ellas encarnan a su sexo, al igual que sólo los comunistas representaban al proletariado, pese a que se hallaban más intelectuales burgueses en la dirección del partido que obreros.  En fin, que no hay constructo más hiperintelectualizado,  abstracto e irreal que el de la mujer, ente de razón que hace caso omiso de  la mayor parte de las mujeres reales, que ignoran o rechazan el feminismo. Sólo en una sociedad próspera, pedante, academizada hasta el tuétano y con una clase ociosa dominada por un proletariado universitario semiculto pueden prosperar semejantes modas intelectuales. El feminismo es un lujo de Occidente, el godemichet desesperado de una izquierda sin revoluciones, un producto cosmético para uso y disfrute de las preciosas ridículas de las clases medias  aburridas.

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Una de las refutaciones de hecho a las pretensiones del hembrismo la tenemos en la educación.  Nuestro sistema de transmisión de los valores machistas y misóginos está dominado por… mujeres. Según los datos del INE para el curso 2015-2016, el 97%  de las profesoras de educación infantil son mujeres, como también suman el 81% de la educación especial, el 81% de primaria y el 57% de la ESO, Bachillerato y FP. En la universidad alcanzan el 40% del profesorado y es el único ámbito educativo en el que se encuentran en relativa minoría, pero en una proporción importante.  Curiosamente, ninguna entidad feminista pide la paridad en el personal educativo; cuando las cuentas van en su favor, su afán igualitario se rebaja notablemente. ¿Hay reserva de plazas en infantil y primaria para los varones? Al parecer, las cuotas y la discriminación positiva sólo tienen efecto si favorecen a determinados colectivos, para los que reservan privilegios con motivos tan intelectualmente sutiles como la genitalidad de cada ciudadano. Ya lo profetizó Orwell: unas son más iguales que otros.

Sin embargo, por lo que uno lee en el Argumentario hacia la huelga feminista 2019 (la patada a la gramática es de los estudiantes, no mía) esta presencia dominante de mujeres de izquierdas en nuestro sistema de enseñanza parece no tener ningún efecto: “el sistema educativo en todas sus etapas es el principal espacio de socialización en el que se reproduce el actual sistema capitalista y patriarcal y está muy lejos de ser un espacio en el que se crece en equidad e igualdad social” (…) “… nosotras empezamos a construir nuestra identidad sexual en unos centros que carecen de una educación afectivo-sexual diversa y están plagados de actitudes LGHTBIfóbicas”. ¡Vaya por Dios! Cuarenta años de dominio incontestado de la izquierda extrema en la educación y pasan estas cosas. Uno, que es un anticuado, cree que un centro educativo está para formar a los estudiantes en una serie de conocimientos positivos que les habiliten para el ejercicio de una  profesión, no para que desarrollen su afectividad, algo personalísimo,  muy privado, y que no le importa nada a la sociedad, que es la que paga los centros de enseñanza y la que precisa de buenos y competentes profesionales. Uno se deja la afectividad en casa. Pero el principio feminista de que lo privado es político y, por tanto, público, nos conduce a la aberración de convertir a los profesores en consejeros sentimentales. La izquierda parece haber olvidado en su degeneración de género que el fin fundamental de la educación es formar y que no hay nada más igualitario que una enseñanza positiva que promueva el avance meritocrático de aquellos que más trabajan y más valen, con independencia de sus circunstancias personales. La plaga de psicologismo pedagógico que ha infestado a la educación en los últimos treinta años y que hace caso omiso de este principio tan simple de la igualdad, consagrado desde la Revolución francesa, es el que ha facilitado el hundimiento del nivel en la educación pública y que sólo los que puedan pagarse una educación privada alcancen la excelencia suficiente como para competir con éxito en el ámbito profesional. ¿No es esto clasismo?

Uno se encuentra en este texto redactado por la vanguardia estudiantil con perlas cultivadas como esta, puro galimatías del lenguaje politiqués: Que se promueva e incentive la contratación de educadoras en todas las etapas y ciclos educativos cruzadas por todas las intersecciones y tan diversas como la propia sociedad. Perdóneme el lector por la tortura, pero así maltratan nuestra lengua las bachilleras pedagogas. ¿Más educadoras?  No va a haber sitio para tanta fémina. Fíjese el lector en las estadísticas del INE. Eso de que estén cruzadas por todas las intersecciones me suena a algarabía y jerga de secta vulvocrática. Lo de cruzada supongo que se dirá en el sentido de interferencia y cruce, aunque también podría derivarse de “cruza”, apareamiento de especies diversas, por ejemplo aquello que decía Alberti del mixto de cabrón y mona, tan apropiado a estas teorías feministas. Pero lo que más gracia me hace de este punto es que en esas “intersecciones” tan diversas faltan los hombres, tan minoritarios precisamente en los centros de enseñanza y que todavía formamos parte de la sociedad. Chicas, ¿en qué realidad vivís?

Otra cosa que me sorprende mucho de este argumentario es lo siguiente: A los pueblos del mundo no se nos puede ignorar en aras de una supuesta excelencia de la cultura “occidental”. Es de suponer que las muchachas que redactan este bodrio son occidentales y pertenecen a un pueblo tan característico de Occidente como el español, ¿O es que las mujeres europeas forman una nación tercermundista? Aparte de esto, nuestra cultura es excelente, no hay ninguna suposición en ello ni ningún demérito de las ajenas. No sólo es excelente, también produce excedentes lujosos y ociosos, como las marisabidillas anticolonialistas que no parecen tener la menor idea de que la cultura que les educa, les ampara en sus derechos y les proporciona un patrimonio artístico, literario y filosófico incomparable es la occidental, la suya. Entre tanto rebuzno afectivo-sexual, deberían hacer un alto en su deconstrucción del lenguaje y de la racionalidad y echarle un vistazo a sus libros de texto. A lo mejor así aprenden algo sobre la supuesta excelencia de una cultura que ha producido y celebrado, por ejemplo, a Jane Austen, a Emilia Pardo Bazán o a George Sand.

Como remate imprescindible a este argumentario, no podía faltar un estrambote indigenista: “Cambiar el relato del 12 de octubre, conocido como día de la hispanidad [sin mayúscula, of course], como un día de memoria y reconocimiento del genocidio sufrido por la población del continente americano y la lucha anticolonialista de sus territorios, que hoy siguen defendiendo las mujeres con las resistencias sobre sus tierras, cuerpos y cultura”. Repito al muy sufrido lector que la prosodia y la redacción son de estas defensoras de la cultura. De nuevo, parece que las señoritas no han leído una historia de América medianamente seria. Pero esto es achaque común en nuestro país. La pregunta que deberían hacerse estas revolucionarias del Cosmopolitan es: si hubo genocidio, ¿cómo es que la gran expropiación de las tierras indias vino después del dominio español y no antes? ¿Cómo pudo ser que las repúblicas recién independizadas hicieran un gran esfuerzo por imponer la lengua española ante el auge de las indígenas bajo nuestros malvados virreyes? ¿Genocidio… cuando la obsesión de los gobiernos de los nuevos estados fue blanquear sus países? Niñas, mirad las estadísticas del siglo XIX. Eso se llama realidad y no entra en vuestras intersecciones y cruzamientos. Vale, lo sé. Me he ganado un cero en feminismo.