Así avanza la muerte

El negocio del aborto -que ha convertido a ciertas empresas en auténticas industrias de la muerte- ha tenido una gran victoria en Nueva York como antes la tuvo en otros muchos sitios.

Hace pocos días la cámara legislativa del Estado de Nueva York aprobó una norma a la que han dado un nombre tan feliz como engañoso, “Ley de salud reproductiva”, cuyo artículo 25-A permite abortar al bebé en cualquier momento si, a juicio del profesional, existe riesgo para la vida o la salud de la madre (nótese que no se reduce sólo al riesgo de muerte) o cuando el feto se considere inviable.

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Hay tantas interpretaciones de lo que significa el riesgo para la “vida o la salud” de la madre, así como de lo que se considera “viabilidad del feto” -dos nociones que han tenido una fuerza expansiva paralela a la ideologización de cierto tipo de medicina- que es casi imposible dar seguridad jurídica para la vida del feto. Antes, sólo se permitía el aborto sin plazo en caso de riesgo para la vida de la madre. La ampliación de supuesto, por tanto, es para dar entrada a nociones como la de “peligro para la salud” y “viabilidad del feto”. Por cierto, sigue vigente el principio general del aborto libre -bueno, para el feto no es libre en absoluto- dentro de las primeras 24 semanas de gestación. En todo caso, abortar se considera un derecho fundamental a la misma altura que llevar el embarazo a término.

La sanción de la norma por parte del gobernador del Estado Andrew Cuomo fue un acto festivo. La firma se celebró entre risas y aplausos. El World Trade Center y otros edificios se iluminaron de rosa para festejar este día que Cuomo consideró “una victoria histórica para los neoyorquinos y nuestros valores progresistas” en el aniversario de la sentencia Roe vs Wade que legalizó el aborto en los Estados Unidos en 1973.

El espectáculo de la firma fue atroz.

El contenido de la norma es abominable.

La redacción permite tal flexibilidad en la interpretación que -de facto, por mucho que no se pretenda “de iure” y aun eso lo dudo- permite acabar con la vida de cualquier niño en el seno de su madre justo antes de nacer.

A veces, uno escribe para persuadir a los demás.

Otras veces -como hoy- uno escribe para no terminar pensando como ellos.

Esos nombres, esas risas, esa alegría que parece envolverlo todo encubren una realidad maligna y perversa: la muerte de niños en aras de un pretendido “progresismo” que ha pervertido todos los conceptos desde “vida” hasta “salud” pasando por la misma “medicina”.

El negocio del aborto -que ha convertido a ciertas empresas en auténticas industrias de la muerte- ha tenido una gran victoria en Nueva York como antes la tuvo en otros muchos sitios; entre ellos, España. Las cifras del aborto en nuestro país en 2017 son tan aterradoras que uno duda de que nuestra civilización merezca ser salvada. El tuitero @absolutexe las ha desglosado hace poco más de un mes y el resultado es pavoroso. De él tomo estas cifras. En España hubo 94.123 abortos en 2017. 84.474 fueron a petición de la mujer. 6.008 por grave riesgo para la vida o salud de la embarazada. 3.355 fueron por riesgo de graves anomalías en el feto. 278 fueron por anomalías fetales incompatibles con la vida o enfermedad extremadamente grave e incurable. 8 fueron por varios motivos. Para 59.098 mujeres era su primer aborto; Para 22.974, el segundo; para Para 7.737, el tercero; Para 2.611, el cuarto; para 891, el quinto; para 812, el sexto o más.

Jan Pablo II denunció la “«cultura de la muerte» en términos que no dejan lugar a dudas: “Las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante” hasta el punto de que “nunca es lícito someterse a ella, «ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto ”.

Toda la fe de Abraham, que comparte las tres grandes religiones monoteístas, se alza como un valladar frente a la idolatría que sacrificaba niños -es decir, seres humanos- en altares. Frente a los “dioses hechos por la mano del hombre, dioses de madera y de piedra, que no ven ni oyen, no comen ni sienten”, la Biblia -de la que bebe toda la civilización occidental- da testimonio de un Dios que es el Señor de la Vida.

Tiemblo por nuestra civilización cuando pienso que habrá un Juicio. So pretexto de una falsa tolerancia, callamos ante verdaderas mentiras. Bajo la apariencia de derechos y liberaciones, dejamos que se impongan sobre el ser humano cargas abyectas y cadenas insoportables. Si a un niño se lo mata en el seno de su madre, ¿qué creen ustedes que nos cabrá esperar a los demás?

A una sociedad se la juzga por cómo trata a los más débiles, a los más indefensos, a los más vulnerables.

Y no hay nadie más vulnerable, más indefenso ni más débil que un bebé.

Y no cabe mayor atrocidad que matarlo.

Y no hay retórica, ni palabrería que pueda ocultar por completo la sombra de esta abominación que se nos va pegando como el lodo.

Así avanza la muerte.

Todo aborto es una tragedia. Todo aborto encubre una injusticia radical que esa criatura parece. Puede haber otras historias de sufrimiento inimaginables -no lo dudo- pero un crimen no se repara con la muerte de una criatura que merece vivir, no morir. Tampoco enerva ese aborto la responsabilidad de una sociedad que facilita matar a un niño, pero no tenerlo. La falta de apoyo y ayuda a las madres y, en general, a las familias es parte de ese fracaso colectivo de nuestro tiempo que la cultura de la muerte representa.

El Talmud enseña que quien salva una vida salva el mundo entero y quien destruye una vida destruye el mundo entero. En España, sólo en 2017, nuestro mundo fue destruido, pues, 94.123 veces. En el rostro de cada uno de esos bebés, el Creador dejó su huella. Cada uno de ellos, era amado infinitamente. Por cada uno de ellos, resuena una voz que pregunta a cada uno de nosotros: “dónde está tu hermano?”.

Ante este mal radical, sólo cabe contemplar el horror, rezar y pedir misericordia y lucidez para saber qué hacer en esta hora.

Y decisión para hacerlo.

Y que el Señor de la Vida se apiade de todos nosotros.